BIOGRAFIA

Koqui Handal
Artista boliviano. Hace del color el centro de su obra. Su arte nos hace caminar por un mundo en que no son ajenos los caballos verdes o violetas saturados, ni los toros de inmensas astas que cortan cielos magentas o amarillos, ni las magníficas aves de picos imposibles, porque recorrer el mundo a través del arte de Handal es especular con una realidad mágica que puebla nuestras pupilas y nos muestra que debemos mirar allá de lo que vemos para sentir esas míticas presencias que son parte de nuestro día a día.

Koqui Handal y La Magia de los Colores
Cuando los primeros cronistas orales -algunos analfabetos, algunos letrados- volvieron a Europa después del descubrimiento del Nuevo Mundo, narraban a más de las ingentes riquezas, el detalle de animales que en algo se parecían a los que los habitantes del mundo antes conocido habían visto en otras oportunidades; pero los ahora contados tenían plumas que cegaban al ser alcanzadas por el sol, a las que además volvían grandiosas, inmensas, cuyas sombras oscurecían el día cuando alzaban vuelo. Aves enormes de largas patas y alas cortas que corrían -quién sabe para salvar sus vidas atravesando sábanas y desiertos; cielos que se agotaban de ver pasar al sur innúmeras bandadas de fluorescentes pajarillos que habían descubierto estas tierras miles años antes que quienes esos días los miraban con aires incrédulos. Caballos de alzadas enormes cuyas crines estallaban cual rayos platinados cubriendo sus llameantes cabezas y colas grandiosas, casi autónomas, que se alborotaban al trote y se desbocaban al galope de la libertad desconociendo el yugo al que serían sometidos. No hablaban los cronistas de toros ni caballos monocromáticos, sino de espléndidas bestias cuyos colores competían con la más osada de las paletas.
La desilusión vino luego, pues con el paso de los años se verificó que -más por emoción que por engaño-aquellos narradores habían magnificado lo que sus ojos vieron. La sangre los había traicionado mostrándoles lo conocido con aires de desconocido, olvidaron sus pasados para recrearlos al son de ese nuevo mundo que se abría ignoto y exuberante a la luz de aquello que mostraba el paisaje con un aura de leyenda, con un dejo de milagro. Los oidores, allí en el gastado viejo mundo, escuchaban atónitos, envidiosos, e intentaban recrear inútilmente lo contado. Y forzaban la mirada para poder ver aquellas aves e imaginar aquellas bestias, y forzaban los oídos para poder oír los trinos y los cantos de aquellos multicolores seres que la vida les había negado conocer.
Pero algunos, solo algunos, tuvieron y tienen el privilegio de seguir reteniendo en sus pupilas aquellos seres no por imaginarios inexistentes. Koqui Handal es uno de ellos.
Su arte -en pintura o cerámica- nos devuelve a aquellos a los que la luz de la luna convierte en magia, en pura magia.
Y para quienes tenemos la oportunidad de verlos no se nos hacen extraños los caballos verdes y violetas, ni los toros de inmensas astas que cortan ciclos magentas o amarillos, ni las magníficas aves de picos imposibles, y por unos instantes nos sentimos como debieron sentirse quienes oían atentos para conocer la naturaleza del Nuevo Mundo.
Nos embriagamos con sus colores y poder, por esos instantes de los que hablaba, ser parte de esa su singular forma de ver el mundo.
Ariel Mustafá Rivera